Por qué somos pobres – Asesoría Contable y Fiscal

Es una realidad bastante triste escuchar a personas preguntarse una y otra vez, ¿por qué somos pobres?, y la tristeza les invade, incluso la desesperación, motivados al pensamiento constante de todo aquello que supuestamente necesitan, y no tienen.

La verdad es que vivimos en una sociedad sumamente consumista, que nos fomenta la errónea idea de que para poder ser felices y sentirnos completos debemos ser millonarios, es decir, si no eres rico, no eres alguien en la vida.

Sin embargo, la realidad se aleja de ello. Aquella persona a la que menos le hace falta, es verdaderamente rica, en comparación con la que más tiene. Aunque una persona sea millonaria, puede llegar a sentir que es pobre porque no tiene lo que supuestamente necesita, e invierte su tiempo en el pensamiento constante de eso que le hace falta.

Por otro lado, existen muchas personas pobres que aun así son felices y pueden sentirse bastante ricas y dichosas. Normalmente, en las grandes colonias donde abundaban los millonarios, se les recibía a los trabajadores por las puertas de atrás, en donde la sirvienta recibía a quien entraba sin más que unos buenos días –y con suerte-., y después de hacer entrega de uno o varios garrafones, podían haber ocasiones donde te quedaban debiendo porque la señora “en este momento no tiene el dinero, mejor pasa mañana”.

Caso contrario a lo que podría vivirse en las zonas donde abundaban las personas “pobres”, que a pesar de tener casas humildes, pequeñas, hechas de materiales débiles, sin duda alguna te abrían las puertas de par en par, y hasta los mismísimos dueños eran quienes recibían a la persona que se acercara, y después de pedir los garrafones de agua, incluso pagaban de más, ya sea con una propina o con alguna comida, por lo mínimo un café o un vaso de agua con mucha gentileza.

Por supuesto, esto se encuentra muy lejos de ser una comparación odiosa para decir que todos los ricos son malos y los pobres mejores personas, no, la verdad es que es simplemente una reflexión de cómo aquellos que aparentemente no tienen nada, pueden entregarlo todo sin importarles, pues no se sienten pobres. Aquellos que la sociedad etiqueta como pobres, eran los más generosos, de una forma bastante gentil, sin reprimendas.

Claro está que, de vez en cuando en las zonas de “ricos” hay quienes también actúan de manera bondadosa y amable, pero definitivamente llega al corazón cuando aquellos que según la sociedad no tienen nada, aun así te abren los brazos y sus puertas.

¿Has pensado alguna vez que, paradójicamente, quizás los pobres sean los más ricos?, Ojalá los ricos dejaran de quejarse por aquello que dicen necesitar y no tener.

En este punto de la reflexión, vale la pena hacer una retrospectiva en nuestras vidas y analizar si todas esas veces que jurábamos necesitar algo, realmente era solo un capricho.

Para alimentar esta reflexión, me gustaría parafrasear una excelente reflexión al respecto, la cual lleva por nombre “¿Papi, qué significa ser pobre?”

Había una vez un empresario que deseaba enseñar a su hijo con respecto a lo que la pobreza significaba, para que pudiera comenzar a valorar todo lo que él podía darle. Para comenzar con su enseñanza, se aventuró con él a una casa en la montaña con una humilde familia del campo.

Después de haber durado tres días en el lugar, cuando se encontraban de regreso a la ciudad, el padre dio inicio a un interrogatorio hacia el pequeño. Le preguntó qué tal había sido la experiencia, pregunta a la cual respondió sin mucha emoción agregada “buena”, con la mirada perdida.

¿Qué aprendiste?, fue la segunda pregunta, y la respuesta fue bastante interesante. El hijo procedió a asegurar que entre lo aprendido notó que aquella familia tenía cuatro perros, mientras que ellos solo tenían uno. Además, la familia no tenía un jacuzzi, pero tenían un río en donde bañarse y disfrutar, incluso jugando con pequeños peces.

Así, prosiguió respondiendo que, notó cómo en casa en la ciudad ellos usaban reflectores grandes para poder dar luz al patio, pero la humilde familia se conformaba con la inmensidad de las estrellas y la luna, las cuales son muy difíciles de apreciar desde la ciudad.

Si hablamos del patio, pues en la ciudad suele llegar hasta la acera, mientras que en la montaña se confunde con el horizonte. Mientras que ellos en casa compran toda la comida, la familia del campo se encarga de conseguirla con sus propias manos, ya sea pescando, sembrando o a través de las cosechas.

Por otro lado, quienes viven en la ciudad están acostumbrados a escuchar discos, mientras que el soundtrack predilecto de la familia campesina era el sonido de las ovejas, los animales y el río.

La humilde familia no necesitaba de microondas para calentar comida ni de grandes sistemas de seguridad, pues con un fogón de leña era más que suficiente, y la amistad de los vecinos de la zona funcionaba como sistema de seguridad, tan especial que era posible vivir con las puertas abiertas.

La familia de ciudad pasa las horas en conexión con las redes sociales y los aparatos electrónicos, pero las familias de las montañas están conectadas a la verdadera esencia de la vida, a la naturaleza y todo lo que nos otorga, a la luz del sol, a los animalitos, a lo que producen y a lo más valioso; su familia.

Ante esta enorme reflexión, el padre atónito, no pudo pronunciar ni una sola palabra, dando paso a las palabras de agradecimiento de su hijo “Gracias por enseñarme lo pobres que somos, pues la verdad es que los verdaderos ricos, son ellos”.

En conclusión, la realidad es que lo material se encuentra muy lejos de representar lo que necesitamos y lo importante de la vida. Una persona puede tenerlo todo, pero sin calidad humana no es nada. Esta reflexión es a su vez una invitación para pensar sobre todo aquello que tenemos, y darnos cuenta qué es lo que verdaderamente necesitamos para ser ricos.

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